|
AQUÍ
Aquí en esta orilla blanca del lecho donde duermes estoy al borde mismo de tu
sueño. Si diera un paso más, caería en sus ondas, rompiéndolo como un cristal. Me sube el calor de tu sueño hasta
el rostro. Tu hálito te mide la andadura del soñar: va despacio. Un soplo alterno, leve me entrega ese tesoro exactamente:
el ritmo de tu vivir soñando. Miro. Veo la estofa de que está hecho tu sueño. La tienes sobre el cuerpo como
coraza ingrávida. Te cerca de respeto. A tu virgen te vuelves toda entera, desnuda, cuando te vas al sueño. En
la orilla se paran las ansias y los besos: esperan, ya sin prisa, a que abriendo los ojos renuncies a tu ser invulnerable.
Busco tu sueño. Con mi alma doblada sobre ti las miradas recorren, traslúcida, tu carne y apartan dulcemente las
señas corporales, para ver si hallan detrás las formas de tu sueño. No la encuentran. Y entonces pienso en tu
sueño. Quiero descifrarlo. Las cifras no sirven, no es secreto. Es sueño y no misterio. Y de pronto, en el alto silencio
de la noche, un soñar mío empieza al borde de tu cuerpo; en él el tuyo siento. Tú dormida, yo en vela, hacíamos
lo mismo. No había que buscar: tu sueño era mi sueño.
¿SERÁS, AMOR?
¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba? Vivir, desde el principio, es separarse. En
el mismo encuentro con la luz, con los labios, el corazón percibe la congoja de tener que estar ciego y sólo un día. Amor
es el retraso milagroso de su término mismo: es prolongar el hecho mágico de que uno y uno sean dos, en contra de
la primer condena de la vida. Con los besos, con la pena y el pecho se conquistan, en afanosas lides, entre gozos parecidos
a juegos, días, tierras, espacios fabulosos, a la gran disyunción que está esperando, hermana de la muerte o muerte
misma. Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía. Ni
en el lugar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente, desnudo
altísimo, temblando. Y la separación no es el momento cuando brazos, o voces, se despiden con señas materiales. Es
de antes, de después. Si se estrechan las manos, si se abraza, nunca es para apartarse, es porque el alma ciegamente
siente que la forma posible de estar juntos es una despedida larga, clara y que lo más seguro es el adiós.
SÍ, RECIENTE
No te quiero mucho, amor. No te quiero mucho. Eres tan cierto y mío, seguro, de hoy, de
aquí, que tu evidencia es el filo con que me hiere el abrazo. Espero para quererte. Se gastarán tus aceros en
días y noches blandos, y a lo lejos turbio, vago, en nieblas de fue o no fue, en el mar del más y el menos, cómo
te voy a querer, amor, ardiente cuerpo entregado, cuando te vuelvas recuerdo, sombra esquiva entre los brazos.
NADADORA DE NOCHE
Nadadora de noche, nadadora entre olas y tinieblas. Brazos blancos hundiéndose, naciendo, con
un ritmo regido por designios ignorados, avanzas contra la doble resistencia sorda de oscuridad y mar, de mundo
oscuro. Al naufragar el día, tú, pasajera de travesías por abril y mayo, te quisiste salvar, te estás salvando, de
la resignación, no de la suerte. Se te rompen las alas, desbravadas, hecho su asombro espuma, arrepentidas ya de
su milicia, cuando tú les ofreces, como un pacto, tu fuerte pecho virgen. Se te rompen las densas ondas anchas
de la noche contra ese afán de claridad que buscas, brazada por brazada, y que levanta un espumar altísimo en el
cielo; espumas de luceros; sí, de estrellas, que te salpica el rostro con un tumulto de constelaciones; de mundos.
Desafía mares de siglos, siglos de tinieblas, tu inocencia desnuda. Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo soporta,
empuja, salva mucho más que tu carne. Así tu triunfo tu fin será, y al cabo, traspasadas el mar, la noche, las conformidades, del
otro lado ya del mundo negro, en la playa del mundo que alborea, morirás en la aurora que ganaste.
AYER TE BESÉ EN LOS LABIOS...
Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan
corto, que duró más que un relámpago, que un milagro, más. El tiempo después de dártelo no lo quise para nada
ya, para nada lo había querido antes. Se empezó, se acabó en él.
Hoy estoy besando un beso; estoy solo con mis labios. Los pongo no en tu boca,
no, ya no... -¿Adónde se me ha escapado?-. Los pongo en el beso que te di ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron. Y dura este beso más que el silencio, que la luz. Porque ya no es una carne ni
una boca lo que beso, que se escapa, que me huye. No. Te estoy besando más lejos.
¿FUE COMO BESO O LLANTO?
¿Fue como beso o llanto? ¿Nos hallamos con las manos, buscándonos a tientas, con
los gritos, clamando, con las bocas que el vacío besaban? ¿Fue un choque de materia y materia, combate de pecho
contra pecho, que a fuerza de contactos se convirtió en victoria gozosa de los dos, en prodigioso pacto de
tu ser con mi ser enteros? ¿O tan sencillo fue, tan sin esfuerzo, como una luz que se encuentra con otra luz,
y queda iluminado el mundo, sin que nada se toque?
PENSARTE ES TENERTE
¡Cómo me dejas que te piense! Pensar en ti no lo hago solo, yo. Pensar en ti es tenerte, como
el desnudo cuerpo ante los besos, toda ante mí, entregada. Siento cómo te das a mi memoria, cómo te rindes al pensar
ardiente, tu gran consentimiento en la distancia, y más que consentir, más que entregarte, me ayudas, vienes hasta
mí, me enseñas recuerdos en escorzo, me haces señas con las delicias, vivas, del pasado, invitándome. Me dices
desde allá que hagamos lo que quiero -unirnos- al pensarte, y entramos por el beso que me abres, y pensamos en
ti, los dos, yo solo.
POSESIÓN DE TU NOMBRE...
Posesión de tu nombre, sola que tú permites, felicidad, alma sin cuerpo. Dentro
de mí te llevo porque digo tu nombre, felicidad dentro del pecho. «Ven», y tú llegas quedo; «vete» : y rápida
huyes. Tu presencia y tu ausencia sombra son una de otra, sombras me dan y quitan. ( ¡Y mis brazos abiertos! ) Pero
tu cuerpo nunca pero tus labios nunca, felicidad, alma sin cuerpo, sombra pura.
EL ALMA TENÍAS...
El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma. Busqué
los atajos angostos, los pasos altos y difíciles... A tu alma se iba por caminos anchos. Preparé alta escala -soñaba
altos muros guardándote el alma-, pero el alma tuya estaba sin guarda de tapial ni cerca. Te busqué la puerta estrecha
del alma, pero no tenía, de franca que era, entrada tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿acababa, en dónde? Me
quedé por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma.
NO TE VEO. BIEN SÉ...
No te veo. Bien sé que estás aquí, detrás de una frágil pared de ladrillos y cal,
bien al alcance de mi voz, si llamara. Pero no llamaré. Te llamaré mañana, cuando, al no verte ya me imagine
que sigues aquí cerca, a mi lado, y que basta hoy la voz que ayer no quise dar. Mañana... cuando estés allá
detrás de una frágil pared de vientos, de cielos y de años.
PREGUNTA MÁS ALLÁ
¿Por qué pregunto dónde estás, si no estoy ciego. si tú no estás ausente? Si te
veo ir y venir, a ti, a tu cuerpo alto que se termina en voz, como en humo la llama, en el aire, impalpable.
Y te pregunto, sí, y te pregunto de qué eres, de quién; y abres los brazos y
me enseñas la alta imagen de ti y me dices que mía. Y te pregunto, siempre.
QUÉ ALEGRÍA VIVIR...
Qué alegría vivir sintiéndote vivido. Rendirse a la gran certidumbre, oscuramente, de
que otro ser, fuera de mí, muy lejos me está viviendo. Que cuando los espejos, los espías, azogues, almas cortas,
aseguran que estoy aquí, yo, inmóvil, con los ojos cerrados y los labios, negándome al amor de la luz, de la flor
y de los nombres, la verdad transmisible es que camino sin mis pasos, con otros allá lejos, y allí estoy besando
flores, luces, habo. Que hay otro ser, por el que miro el mundo, porque me está queriendo con sus ojos. Que hay otra
voz con la que digo cosas no sospechadas por mi gran silencio; y sé que también me quiere con su voz. La vida - ¡qué
transporte ya! -, ignorancia de lo que son mis actos, que ella hace, en que ella vive, doble, suya y mía. Y cuando
ella me hable de un cielo oscuro, de un paisaje blanco, recordaré estrellas que no vi, que ella miraba, y nieve
que nevaba allá en su cielo. Con la extraña delicia de acordarse de haber tocado lo que no toqué sino con esas manos
que no alcanzo a coger con las mías, tan distantes. Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar, quieto, muerto ya.
Morirse en la alta confianza de que este vivir mío no era solo mi vivir: era el nuestro. Y que me vive otro ser
de la no muerte.
HORIZONTAL, SÍ, TE QUIERO
Horizontal, sí, te quiero. Mírale la cara al cielo, de la cara. Déjate ya de fingir
un equilibrio donde lloramos tú y yo. Ríndete a la gran verdad final, a lo que has de ser conmigo, tendida
ya, paralela, en la muerte o en el beso. Horizontal es la noche en el mar, gran masa trémula sobre la tierra acostada, vencida
sobre la playa. El estar de pie, mentira: sólo correr o tenderse. Y lo que tú y yo queremos y el día - ya tan
cansado de estar con su luz, derecho - es que nos llegue, viviendo y con temblor de morir, en lo más alto del
beso, ese quedarse rendidos por el amor más ingrávido, al peso de ser de tierra, materia, carne de vida. En
la noche y la trasnoche, y el amor y el transamor, ya cambiados en horizontes finales, tú y yo, de nosotros mismos.
PERDÓNAME POR IR ASÍ BUSCÁNDOTE...
Perdóname por ir así buscándote tan torpemente, dentro de ti. Perdóname el dolor
alguna vez. Es que quiero sacar de ti tu mejor tú. Ese que no te viste y que yo veo, nadador por tu fondo, preciosísimo. Y
cogerlo y tenerlo yo en lo alto como tiene el árbol la luz última que le ha encontrado al sol. Y entonces tú en
su busca vendrías, a lo alto. Para llegar a él subida sobre ti, como te quiero, tocando ya tan sólo a tu pasado con
las puntas rosadas de tus pies, en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo de ti a ti misma. Y que a mi amor entonces
le conteste la nueva criatura que tú eres.
SI TÚ SUPIERAS QUE...
¡Si tú supieras que ese gran sollozo que estrechas en tus brazos, que esa lágrima
que tú secas besándola, vienen de ti, son tú, dolor de ti hecho lágrimas mías, sollozos míos! Entonces ya
no preguntarías al pasado, a los cielos, a la frente, a las cartas, qué tengo, por qué sufro. Y toda silenciosa, con
ese gran silencio de la luz y el saber, me besarías más, y desoladamente. Con la desolación del que no tiene
al lado otro ser, un dolor ajeno; del que está solo ya con su pena. Queriendo consolar en un otro quimérico el
gran dolor que es tuyo.
PRESAGIOS
Cuánto rato te he mirado sin mirarte a ti, en la imagen exacta e inaccesible que
te traiciona el espejo! «Bésame», dices. Te beso, y mientras te beso pienso en lo fríos que serán tus labios en
el espejo. «Toda el alma para ti», murmuras, pero en el pecho siento un vacío que sólo me lo llenará ese alma que
no me das. El alma que se recata con disfraz de claridades en tu forma del espejo.
LA VOZ A TI DEBIDA
Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas
auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos,
sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que ves. Nada más.
Y si una duda te hace señas a diez
mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes
la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar.
Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas,
lo que nunca entenderás, son esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y
el tierno cuerpo rosado que te encuentras en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que
están descifrados ya.
Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la
única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo.
AFÁN PARA NO SEPARARME DE TI
Afán para no separarme de ti, por tu belleza, lucha por no quedar en dónde quieres tú, aquí
en los alfabetos, en las auroras, en los labios. Ansia de irse dejando atrás anécdotas, vestidos, caricias, de llegar
atravesando todo lo que en ti cambia, a lo desnudo y a lo perdurable. Y mientras siguen dando vueltas y vueltas, entregándose, engañándose,
tus rostros, tus caprichos y tus besos, tus delicias volubles, tus contactos rápidos con el mundo, haber llegado yo
al centro puro, inmóvil, de ti misma, y verte cómo cambias, y lo llamas vivir, en todo, en todo si, menos en mí, dónde
te sobrevives.
RENACIMIENTO DE VENUS
Donde estuvo la nube ya no hay nube; los ojos, que la piensan.
Absoluto celeste,
azul unánime sin ave, sin su anécdota.
Al célico sosiego otro marino sosiego le contesta.
Las últimas congojas de la ola playa se las consuela.
Tanto sollozo en leve espuma acaba, y la espuma en la arena.
Le basta un color solo a tanto espacio, sin vela que disienta.
El mar va por el mar buscado azules y a un azul los eleva.
Está el día en el fiel. La luz, la sombra ni más ni menos pesan.
Dentro del hombre ni esperanza empuja ni memoria sujeta.
El presente, que tanto se ha negado, hoy, aquí, ya, se entrega.
¡Presente, si, hay presente! Ojos absortos felices le contemplan.
El tiempo abjura de su error, las horas, y pasa sin saberlas.
Aves, ondinas, callan, y de voces vacío el aire dejan.
La dilatada anchura del silencio de silencio se llena.
Es el vivir tan tenue, que no ata; la cautiva se suelta.
Por las campiñas, ya, del puro ser viene, va, se recrea.
Está el mundo tan limpio, que es espejo: la escapada lo estrena.
Radiante mediodía. En él, el alma se reconoce: esencia.
Segunda, y la mejor, surge del mar la Venus verdadera.
SÍ, POR DETRÁS DE LAS GENTES
Te busco. No en tu nombre, si lo dicen, no en tu imagen,
si la pintan. Detrás, detrás, más allá.
Por detrás de ti te busco. No en tu espejo, no en tu letra, ni en tu alma. Detrás,
más allá.
También detrás, más atrás de mí te busco. No eres lo que yo siento de ti. No eres lo
que me está palpitando con sangre mía en las venas, sin ser yo. Detrás, más allá te busco.
Por encontrarte, dejar de vivir en ti, en mí, y en los otros. Vivir ya detrás de
todo, al otro lado de todo -por encontrarte- como si fuese morir.
POESÍA
¿Tú sabes lo que eres de mí? ¿Sabes tú el nombre?
No es el que todos te llaman esa palabra usada que se dicen las gentes, si besan o se quieren, porque ya se
lo han dicho otros que se besaron. Yo no lo sé, lo digo, se me asoma a los labios como una aurora virgen de
la que no soy dueño. Tú tampoco lo sabes, lo oyes. Y lo recibe tu oído igual que el silencio que nos llega hasta
el alma sin saber de qué ausencias de ruidos está hecho. ¿Son letras, son sonidos? Es mucho más antiguo. Lengua
de paraíso, sanes primeros, vírgenes tanteos de los labios, cuando, antes de los números, en el aire del mundo se
estrenaban los nombres de los gozos primeros. Que se olvidaban luego para llamarlo todo de otro modo al hacerlo otra
vez nuevo son para el júbilo nuevo. En ese paraíso de los tiempos del alma, allí, en el más antiguo, es donde
está tu nombre. Y aunque yo te lo llamo en mi vida, a tu vida, con mi boca, a tu oído, en esta realidad, como
él no deja huella en memoria ni en signo, y apenas lo percibes, nítido y momentáneo, a su cielo se vuelve todo
alado de olvido, dicho parece en sueños, sólo en sueños oído. Y así, lo que tú quieres, cuando yo te lo diga no
podrá serlo nadie, nadie podrá decírtelo. Porque ni tú ni yo conocemos su nombre que sobre mi desciende, pasajero
de labios, huésped fugaz de los oídos cuando desde mi alma lo sientes en la tuya, sin poderlo aprender, sin
saberlo yo mismo.
A ESA, A LA QUE YO QUIERO
A esa, a la que yo quiero, no es a la que se da rindiéndose, a
la que se entrega cayendo, de fatiga, de peso muerto, como el agua por ley de lluvia. hacia abajo, presa segura de
la tumba vaga del suelo. A esa, a la que yo quiero, es a la que se entrega venciendo, venciéndose, desde su libertad
saltando por el ímpetu de la gana, de la gana de amor, surtida, surtidor, o garza volante, o disparada -la saeta-, sobre
su pena victoriosa, hacia arriba, ganando el cielo.
NO TE DETENGAS NUNCA
No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos
fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Te espero con un ser que no espera a los otros: en
donde yo te espero sólo tú cabes. Nadie puede encontrarse allí conmigo sino el cuerpo que te lleva, como un
milagro, en vilo. Intacto, inajenable, un gran espacio blanco, azul, en mí, no acepta más que los vuelos tuyos, los
pasos de tus pies; no se verán en él otras huellas jamás. Si alguna vez me miras como preso encerrado, detrás
de puertas, entre cosas ajenas, piensa en las torres altas, en las trémulas cimas del árbol, arraigado. las
almas de las piedras que abajo están sirviendo aguardan en la punta última de la torre. Y ellos, pájaros, nubes, no
se engañan: dejando que por abajo pisen los hombres y los días, se van arriba, a la cima del árbol al tope
de la torre, seguros de que allí, en las fronteras últimas de su ser terrenal es donde se consuman los amores
alegres, las solitarias citas de la carne y las alas.
AHORA TE QUIERO
Ahora te quiero, como el mar quiere a su agua: desde fuera, por arriba, haciéndose
sin parar con ella tormentas, fugas, albergues, descansos, calmas. ¡Qué frenesíes, quererte! ¡Qué entusiasmo de
olas altas, y qué desmayos de espuma van y vienen! Un tropel de formas, hechas, deshechas, galopan desmelenadas. Pero
detrás de sus flancos está soñándose un sueño de otra forma más profunda de querer, que está allá abajo: de no
ser ya movimiento, de acabar este vaivén, este ir y venir, de cielos a abismos, de hallar por fin la inmóvil flor
sin otoño de un quererse quieto, quieto. Más allá de ola y espuma el querer busca su fondo. Esta hondura donde
el mar hizo la paz con su agua y están queriéndose ya sin signo, sin movimiento. Amor tan sepultado en su ser, tan
entregado, tan quieto, que nuestro querer en vida se sintiese seguro de no acabar cuando terminan los besos, las
miradas, las señales. Tan cierto de no morir, como está el gran amor de los muertos.
QUE SE APAGUEN LAS LUMBRES
¡Que se apaguen las lumbres, que se paren los labios, que las voces no digan ya
más: «Te quiero» ¡Que un gran silencio reine, una quietud redonda, y se evite el desastre que unos labios buscándose traerían
a esta suma de aciertos que es la tierra! Que apenas la mirada, lo que hay más inocente en el cuerpo del hombre, se
quede conservándole al amor su futuro, en esa leve estrella que los ojos albergan y que por ser tan pura no
puede romper nada.
Tan débil está el mundo -cendales o cristales-que hay que moverse en él como en
las ilusiones, donde un amor se puede morir si hacemos ruido. Sólo una trémula espera, un respirar secreto, una
fe sin señales, van a poder salvar hoy, la gran fragilidad de este mundo.
Y la nuestra.
PENSAR EN TI ESTA NOCHE...
Pensar en ti esta noche no era pensarte con mi pensamiento, yo solo, desde mí. Te
iba pensando conmigo, extensamente, el ancho mundo. El gran sueño del campo, las estrellas, callado el mar, las hierbas
invisibles, sólo presentes en perfumes secos, todo, de Aldebarán al grillo te pensaba.
¡Qué sosegadamente se hacía la concordia entre las piedras, los luceros, el agua
muda, la arboleda trémula, todo lo inanimado, y el alma mía dedicándolo a ti! Todo acudía dócil a mi llamada,
a tu servicio, ascendido a intención y a fuerza amante. Concurrían las luces y las sombras a la luz de quererte;
concurrían el gran silencio, por la tierra, plano, suaves voces de nubes, por el cielo, al cántico hacia ti que en
mi cantaba. Una conformidad de mundo y ser, de afán y tiempo, inverosímil tregua, se entraba en mí, como la dicha
entera cuando llega sin prisa, beso a beso. Y casi dejé de amarte por amarte más, en más que en mí, inmensamente
confiando ese empleo de amar a la gran noche errante por el tiempo y ya cargada de misión, misionera de un amor
vuelto estrellas, calma, mundo, salvado ya del miedo al cadáver que queda si se olvida.
DAME TU LIBERTAD...
Dame tu libertad. No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas, tu sueño, ojos
cerrados. Ven a mí desde ti, no desde tu cansancio de ti. Quiero sentirla. Tu libertad me trae, igual
que un viento universal, un olor de maderas remotas de tus muebles, una bandada de visiones que tú veías cuando
en el colmo de tu libertad cerrabas ya los ojos. ¡Qué hermosa tú libre y en pie! Si tú me das tu libertad me das
tus años blancos, limpios y agudos como dientes, me das el tiempo en que tú la gozabas. Quiero sentirla como siente
el agua del puerto, pensativa, en las quillas inmóviles el alta mar. La turbulencia sacra. Sentirla, vuelo
parado, igual que en sosegado soto siente la rama donde el ave se posa, el ardor de volar, la lucha terca
contra las dimensiones en azul. Descánsala hoy en mí: la gozaré con un temblor de hoja en que se paran gotas
del cielo al suelo. La quiero para soltarla, solamente. No tengo cárcel para ti en mi ser. Tu libertad te
guarda para mí. La soltaré otra vez, y por el cielo, por el mar, por el tiempo, veré cómo se marcha hacia su sino.
Si su sino soy yo, te está esperando.
TÚ VIVES SIEMPRE EN TUS ACTOS
Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras,
triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas.
De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que
ves. Nada más.
Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre
proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes
dudar.
Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas, lo que nunca entenderás, son
esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y el tierno cuerpo rosado que te encuentras
en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que están descifrados ya.
Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la
única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo.
TE BUSQUÉ POR LA DUDA
Te busqué por la duda: no te encontraba nunca. Me fui a tu encuentro por
el dolor. Tú no venías por allí.
Me metí en lo más hondo por ver si, al fin, estabas. Por la angustia, desgarradora,
hiriéndome . Tú no surgías nunca de la herida.
Y nadie me hizo señas -un jardín o tus labios, con árboles,
con besos-; nadie me dijo -por eso te perdí- que tú ibas por las últimas terrazas de la risa, del gozo, de
lo cierto.
Que a ti te encontraba en las cimas del beso si duda y sin mañana. En el vértice
puro de la alegría alta, multiplicando júbilos por júbilos, por risas, por placeres. Apuntando en el aire las
cifras fabulosas, sin peso de tu dicha.
TÚ NO LAS PUEDES VER
Tú no las puedes ver; yo, sí. Claras, redondas, tibias. Despacio se
van a su destino; despacio, por marcharse más tarde de tu carne. Se van a nada; son eso no más, su curso. y
una huella, a lo largo, que se borra en seguida. ¿Astros? Tú no las puedes besar. Las beso yo por ti. Saben;
tienen sabor a los zumos del mundo. ¡Qué gusto negro y denso a tierra, a sol, a mar! Se quedan un momento en
el beso, indecisas entre tu carne fría y mis labios; por fin las arranco. Y no sé si es que eran para mí. Porque
yo no sé nada. ¿Son estrellas, son signos, son condenas o auroras? Ni en mirar ni en besar aprendí lo que eran. Lo
que quieren se queda allá atrás, todo incógnito. y su nombre también. (Si las llamara lágrimas, nadie me entendería.)
¿LAS OYES...?
¿Las oyes cómo piden realidades, ellas, desmelenadas, fieras, ellas, las sombras
que los dos forjamos en este inmenso lecho de distancias? Cansadas ya de infinitud, de tiempo sin medida, de anónimo,
heridas por una gran nostalgia de materia, piden límites, días, nombres. No pueden vivir así ya más; están al
borde del morir de las sombras que es la nada. Acude, ven conmigo. Tiende tus manos, tiéndeles tu cuerpo. Los
dos les buscaremos un color, una fecha, un pecho, un sol. Que descansen en ti, se tú su carne. ¡Se calmará su enorme
ansia errante, mientras las estrechamos ávidamente entre los cuerpos nuestros donde encuentran su pasto y su reposo. Adormirán
al fin en nuestro sueño abrazado, abrazadas. Y así luego, al separarnos, al nutrirnos sólo de sombras, entre lejos, ellas tendrán
recuerdos ya, tendrán pasado de carne y hueso, el tiempo que vivieron en nosotros. Y su afanoso sueño de sombras,
otra vez, será el retorno a esta corporeidad mortal y rosa donde el amor inventa su infinito.
CÓMO ME VAS A EXPLICAR...
¿Cómo me vas a explicar, di, la dicha de esta tarde, si no sabemos porqué fue,
ni cómo, ni de qué ha sido, si es pura dicha de nada? En nuestros ojos visiones, visiones y no miradas, no
percibían tamaños, datos, colores, distancias. De tan desprendidamente como estaba yo y me estabas mirando,
más que mirando, mis miradas te soñaban, y me soñaban las tuyas. Palabras sueltas, palabras, deleite en incoherencias, no
eran ya signo de cosas, eran voces puras, voces de su servir olvidadas. ¡Cómo vagaron sin rumbo, y sin torpeza
las caricias! Largos goces iniciados, caricias no terminadas, como si aun no se supiera en qué lugar de los cuerpos el
acariciar se acaba, y anduviéramos buscándolo, en lento encanto, sin ansia. Las manos, no era tocar lo que hacían
en nosotros, era descubrir; los tactos nuestros cuerpos inventaban, allí en plena luz, tan claros como en la plena
tiniebla, en donde sólo ellos pueden ver los cuerpos, con las ardorosas palmas. Y de estas nadas se ha ido fabricando,
indestructible, nuestra dicha, nuestro amor, nuestra tarde. Por eso no fue nada, sé que esta noche reclinas lo
mismo que una mejilla sobre este blancor de plumas -almohada que ha sido alas- tu ser, tu memoria, todo, y que
todo te descansa, sobre una tarde de dos, que no es nada, nada, nada.
¿POR QUÉ TE ENTREGAS TAN PRONTO?
¿Por qué te entregas tan pronto? ( ¡Nostalgia de resistencias y de porfías robadas!
) Lo que era noche es de día bruscamente, cual si a Dios, autor de luz y tiniebla, se le olvidara el crepúsculo de
las dulces rendiciones. Cierro brazos, tú los abres. Huyo. Y me esperas allí en ese refugio mismo donde de ti
me escondía. ¡Facilidad, mala novia! ¡Pero me quería tanto...!
TÚ NO PUEDES QUERERME
Tú no puedes quererme: estás alta, ¡qué arriba! Y para consolarme me
envías sombras, copias retratos, simulacros, todos tan parecidos como si fueses tú. Entre figuraciones vivo,
de ti, sin ti.
Me quieren, me acompañan. Nos vamos por los claustros del agua, por los hielos flotantes, por
las pampas, o a cines minúsculos y hondos. Siempre hablando de ti. Me dicen: "No somos ella, pero ¡si tú vieras
qué iguales!" Tus espectros, que brazos largos, que labios duros tienen: si, como tú.
Por fingir que me quieres, me
abrazan y me besan. Sus voces tiernas dicen que tú abrazas, que tú besas así. Yo vivo de sombras, entre sombras de
carne tibia, bella, con tus ojos, tu cuerpo, tus besos, si, con todo lo tuyo menos tú. Con criaturas falsas, divinas,
interpuestas para que ese gran beso que no podemos darnos me lo den, se lo dé.
SI ME LLAMARAS
¡Si me llamaras, sí, si me llamaras!
Lo dejaría todo, todo lo
tiraría: los precios, los catálogos, el azul del océano en los mapas, los días y sus noches, los telegramas viejos y
un amor. Tú, que no eres mi amor, ¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz: telescopios abajo, desde la estrella, por
espejos, por túneles, por los años bisiestos puede venir. No sé por dónde. Desde el prodigio, siempre. Porque
si tú me llamas -¡si me llamaras, sí, si me llamaras!- será desde un milagro, incógnito, sin verlo.
Nunca
desde los labios que te beso, nunca desde a voz que dice: "No te vayas."
EL SUEÑO
El sueño es una larga despedida de ti. ¡Qué gran vida contigo, en pie, alerta
en el sueño! ¡Dormir el mundo, el sol, las hormigas, las horas, todo, todo dormido, en el sueño que duermo!
Menos
tú, tú la única, viva, sobrevivida, en el sueño que sueño. Pero sí, despedida: voy a dejarte cerca, la mañana
prepara toda su precisión de rayos y de risas. Afuera, afuera, ya, lo soñado flotante, marchando sobre el mundo, sin
poderlo pisar, porque no tiene sitio, desesperadamente.
Te abrazo por vez última: eso es abrir los ojos. Ya
está. Las verticales entran a trabajar, sin un desmayo, en reglas. Los colores ejercen sus oficios de azul, de
rosa, verde, todos a la hora en punto. El mundo va a funcionar hoy bien; me ha matado ya el sueño. Te siento huir,
ligera, de la aurora, exactísima, hacia arriba, buscando la que no se ve estrella, el desorden celeste, que
es sólo donde cabes. Luego, cuando despierto, no te conozco casi, cuando, a mi lado, tiendes los brazos hacia
mí diciendo: "¿Qué soñaste?". Y te contestaría: "No sé, se me ha olvidado", si no estuviera ya tu cuerpo limpio,
exacto, ofreciéndome en labios el gran error del día.
SIN VOZ, DESNUDA
Sin armas. Ni las dulces sonrisas, ni las llamas rápidas de la ira. Sin
armas. Ni las dulces sonrisas, ni las llamas rápidas de la ira. Sin armas. Ni las aguas de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico. Nada. Sin armas. Sola. Ceñida en tu silencio. «Sí» y «no», «mañana» y «cuando»
quiebran agudas puntas de inútiles saetas en tu silencio liso sin derrota ni gloria. ¡Cuidado! que te
mata -fría, invencible, eterna- eso, lo que te guarda, eso, lo que te salva, el filo del silencio que tú aguzas.
AMSTERDAM
Esta noche te cruzan verdes, rojas, azules, rapidísimas luces extrañas por los
ojos. ¿Será tu alma? ¿Son luces de tu alma, si te miro? Letras son, nombres claros al revés, en tus ojos.
Son nombres: Universum, se iluminan, se apagan, con latidos de luz de corazón. Universum. Miro; ya sé; ya
leo: Universum cinema, ocho cilindros, saldo de blanco junto a las estrellas. Te quiero así inocente, toda ajena,
palpitante en lo que está fuera de ti, tus ojos proclamando las vívidas verdades de colores de la noche. Las
compraremos todas cuando se abran las tiendas, ahora mismo -Universum cinema-, cuando bese las luces de tu alma,
sí, las luces, anuncios luminosos de la vida en la noche, en tus ojos.
LA DISTRAÍDA
No estás ya aquí. Lo que veo de ti, cuerpo, es sombra, engaño. El alma tuya
se fue donde tú te irás mañana. Aún esta tarde me ofrece falsos rehenes, sonrisas vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído. Pero tu intención de ir te llevó donde querías lejos de aquí, donde estás diciéndome:
«aquí estoy contigo, mira». Y me señalas la ausencia.
FE MÍA
No me fío de la rosa de papel, tantas veces que la hice yo con mis manos. Ni
me fío de la otra rosa verdadera, hija del sol y sazón, la prometida del viento. De ti que nunca te hice, de
ti que nunca te hicieron, de ti me fío, redondo seguro azar.
PARA VIVIR NO QUIERO...
Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir
en los pronombres!
Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija
siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del
mundo, sólo tú serás tú. Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los
nombres, los rótulos, la historia. Iré rompiendo todo lo que encima me echaron desde antes de nacer. Y vuelto
ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: «Yo te quiero, soy yo».
SE TE ESTÁ VIENDO LA OTRA
Se te está viendo la otra. Se parece a ti: los pasos, el mismo
ceño, los mismos tacones altos todos manchados de estrellas. Cuando vayáis por la calle juntas, las dos, ¡qué
difícil el saber quién eres, quién no eres tú! Tan iguales ya, que sea imposible vivir más así, siendo tan
iguales. Y como tú eres la frágil, la apenas siendo, tiernísima, tú tienes que ser la muerta. Tú dejarás que
te mate, que siga viviendo ella, embustera, falsa tú, pero tan igual a ti que nadie se acordará sino yo
de los que eras. Y vendrá un día -porque vendrá, sí, vendrá- en que al mirarme a los ojos tú veas que
pienso en ella y la quiero: tú veas que no eres tú.
SALVACIÓN POR EL CUERPO
¿No lo oyes? Sobre el mundo, eternamente errante de vendaval, a brisas
o a suspiro, bajo el mundo, tan poderosamente subterránea que parece temblor, calor de tierra, sin cesar, en su
angustia desolada, vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo. Todo quiere ser cuerpo. Mariposa, montaña, ensayos
son alternativos de forma corporal, a un mismo anhelo: cumplirse en la materia, evadidas por fin del desolado sino
de almas errantes. Los espacios vacíos, el gran aire, esperan siempre, por dejar de serlo, bultos que los ocupen.
Horizontes vigilan avizores, en los mares, barcos que desalojen con su gran tonelaje y con su música alguna parte
del vacío inmenso que el aire es fatalmente; y las aves tienen el aire lleno de memorias. ¡Afán, afán de cuerpo! Querer
vivir es anhelar la carne, donde se vive y por la que se muere. Se busca oscuramente sin saberlo un cuerpo, un cuerpo,
un cuerpo.
Nuestro primer hallazgo es el nacer. Si se nace con los ojos cerrados, y los puños rabiosamente
voluntarios, es porque siempre se nace de quererlo. El cuerpo ya está aquí; pero se ignora, como al olor de rosa
se le olvida la rosa. Le llevamos aliado nuestro, se le mira en los espejos, en las sombras. Solamente costumbre.
Un día la infatigable sed de ser corpóreo en nosotros irrumpe, lo mismo que la luz, necesitada de posarse en materia
para verse por el revés de sí, verse en su sombra. Y como el cuerpo más cercano de todos los del mundo es este nuestro, nos
unimos con él, crédulos, fáciles, ilusionados de que bastará a nuestro afán de carne. Nuestro cuerpo es el cuerpo
primero en que vivimos, y eso se llama juventud a veces. Sí, es el primero y eran dieciséis los años de la historia. Agua
fría en la piel, zumo de mundo inédito en la boca, locas carreras para nada, y luego, el cansancio feliz. Tibios
presagios sin rumbo el rostro corren, disfrazados de ardores sin motivo. Nos sospechamos nuestros labios, ya. La
primer soledad se siente en ellos. ¡Y qué asombrado es el reconocerse en estas tentativas de presencia, nosotros
en nosotros, vagabundos por el cuerpo soltero! Alegremente fáciles, se vive así en materia que nada necesita,
si no es ella, igual que la inicial estrella de la noche, tan suficientemente solitaria. Así viven los seres tiernamente
llamados animales: la gacela está en bodas recientes con su cuerpo.
Pero luego supimos, lo supimos tú y yo
en el mismo día, que un cuerpo que se busca cuando se tiene ya y se está cansado de su repetición y de su pulso, sólo
se encuentra en otro. ¿Con qué buscar los cuerpos? Con los ojos se buscan, penetrantes, en la alta madrugada, ese
paisaje del invierno del día, tan nevado; en el lecho se buscan, donde estoy solo, donde tú estarás. La blancura
vacía se puebla de recuerdos no tenidos, la recorren presagios sonrosados de aquel rosado bulto que tú eras, y
brota, inmaterial masa de sueño, tu inventada figura hasta que llegues.
Allí, en la oscura noche, cuando el silencio
lo permite todo y parece la vida, el oído en vela escucha vaga respiración, suspiro en eco, sospechas del estar
un cuerpo aliado. Porque un cuerpo -lo sabes y lo sé- sólo está en su pareja. Ya se encontró: con lentas claridades, muy
despacio. ¡Cómo desembocamos en el nuevo, cuerpo con cuerpo igual que agua con agua, corriendo juntos entre orillas que
se llaman los días más felices! ¡Cómo nos encontramos con el nuestro allí en el otro, por querer huirlo! Estaba allí
esperándose, esperándonos: un cuerpo es el destino de otro cuerpo.
Y ahora se le conoce, ya, clarísimo. Después
de tantas peregrinaciones, por temblores, por nubes y por números, estaba su verdad definitiva. Traspasamos los límites
antiguos. La vida salta, al fin, sobre su carne, por un gran soplo corporal henchidas las nuevas velas: atrás
se cierra un mar y busca otro. Encarnación final, y jubiloso nacer, por fin, en dos, en la unidad radiante de la
vida, dos. Derrota del solitario aquel nacer primero. Arribo a nuestra carne trascorpórea, al cuerpo, ya, del alma. Y
se quedan aquí tras el hallazgo -milagroso final de besos lentos-, rendidos nuestros bultos y estrechados, sólo ya
como prendas, como señas de que a dos seres les sirvió esta carne -por eso está tan trémula de dicha- para encontrar,
al cabo, al otro lado, su cuerpo, el del amor, último y cierto. Ese que inútilmente esperarán las tumbas.
LA FORMA DE QUERER TÚ
La forma de querer tú es dejarme que te quiera. El sí con que te
me rindes es el silencio. Tus besos son ofrecerme los labios para que los bese yo. Jamás palabras, abrazos,
me dirán que tú existías, que me quisiste: Jamás. Me lo dicen hojas blancas, mapas, augurios, teléfonos; tú,
no. Y estoy abrazado a ti sin preguntarte, de miedo a que no sea verdad que tú vives y me quieres. Y estoy
abrazado a ti sin mirar y sin tocarte. No vaya a ser que descubra con preguntas, con caricias, esa soledad
inmensa de quererte sólo yo.
Enter content here
|