La soledad y los estudios
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Pablo Neruda: Viaje al corazón de Quevedo

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PABLO NERUDA

VIAJE AL CORAZÓN DE QUEVEDO

 

En el fondo del pozo de la historia, como un agua más sonora y brillante, brillan los ojos de los poetas muertos. Tierra, pueblo y poesía son una misma entidad encadenada por subterráneos misteriosos. Cuando la tierra florece, el pueblo respira la libertad, los poetas cantan y muestran el camino. Cuando la tiranía oscurece la tierra y castiga las espaldas del pueblo, antes que nada se busca la voz más alta, y cae la cabeza de un poeta al fondo del pozo de la historia. La tiranía corta la cabeza que canta, pero la voz en el fondo del pozo vuelve a los manantiales secretos de la tierra y desde la oscuridad sube por la boca del pueblo.

Este es un viaje al fondo del pozo de la historia. Nos dirigimos a un territorio oscurecido, a un camino en que las hojas de los árboles permanecen quemadas desde hace siglos, y en que las interrogaciones se refieren a un infierno terrestre, arrasado por la angustia humana.

Voy a hablaros de un poeta y de su prolongación en otros, voy a hablaros de un hombre y sus preguntas, de sus martirios y su lucha, y veréis cómo aparecen en el tiempo, otros dolores, otras luchas, otra poesía y otras afirmaciones. Los hombres de quienes hablaré pasaron la vida clamando a la tierra, bajando la mirada a las profundidades del hombre y de la vida, buscando desesperadamente un cielo más posible, quemándose los ojos en la contemplación humana, en la desesperación celestial.

Éste es un viaje al fondo escondido que mañana se levantará viviente. Éste es un viaje al polvo. Al polvo enamorado que mañana volverá a vivir.

Y os traigo conmigo en este viaje a un hombre turbulento y temible como don Francisco de Quevedo y Villegas, a quien también considero como el más grande de los poetas espirituales de todos los tiempos. Se hace patente en él, como en tantos otros de los grandes hombres, este hecho nunca demasiado insistido. Quevedo es azotado por la racha crítica de su tiempo: es azotado y sacudido como una caña, pero la caña no se rompe. Es una caña que canta. La mantiene levantada como una flecha y agachada como una azada toda la vida material de su tiempo. Están en Quevedo, como en una bodega inmensa, como en la bodega de un inmenso vestuario de teatro, todos los trajes abandonados de una época. Está allí el traje del noble duque y del bufón miserable, el traje del rey patético, del rico abusador y el rostro innumerable de la muchedumbre hambrienta que más tarde se llamará "el pueblo". Las casacas bordadas de los príncipes yacen junto a la ropa marchita de las meretrices, los zapatos del buscavida, del avaro, del pretencioso, del pícaro, se confunden con las reliquias de los más ingenuos campesinos.

Pero, por una ventana entra el color azul del conocimiento y he aquí que toda esta multitud grosera y lujosa, palpitante y bestial, recibe el rayo que sigue brotando aún del corazón del caballero.

Todo queda viviendo entonces en ese seco recinto, todo, todas las ideas materiales de su época. La crítica estalla por todas partes como un metal hirviente. El caballero del conocimiento, el terrible señor de la poesía, con su mano izquierda ha creado el polvoriento museo de vestuarios olvidados y con su mano derecha mantiene todavía el taladro viviente de la creación y de la destrucción.

No he de callar por más que con el dedo
Ya tocando la boca, ya la frente.
Silencio avises, o amenaces miedo.

¿No ha de hablar un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy sin miedo que libre escandalice
Puede hablar el ingenio, asegurado
De que mayor poder te atemorice.

En otros siglos, pudo ser pecado
Severo estudio y la verdad desnuda
Y romper el silencio, el bien hablado.

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda
Que es lengua la verdad de Dios severo
Y la lengua de Dios nunca fue muda

Nada dejó de ver en su siglo don Francisco de Quevedo. Nunca dejó de ver ni de noche ni de día, ni en invierno ni en verano, y no cegó sus ojos de taladro frío el poderoso, ni le engañaron el mercenario ni el charlatán de oficio.

Martí nos ha dejado dicho de Quevedo: "Ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos con su lengua hablamos".

Con su lengua hablamos... ¿A qué se refiere aquí Martí? A esa su calidad de padre del idioma que, como en el caso de Rubén Darío, a quien pasaremos la mitad de la vida negando para comprender después que sin él no hablaríamos nuestra propia lengua, es decir, que sin él hablaríamos aún un lenguaje endurecido, acartonado y desabrido? Pero no me parece ser éste el caso. La innovación formal es más grande en un Góngora, la gracia es más infinita en un Juan de la Cruz, la dulzura es agua y fruta en Garcilaso. Y continuando, la amargura es más grande en Baudelaire, la videncia es más sobrenatural en Rimbaud, pero más que en ellos todos, en Quevedo la grandeza es más grande.

Hablo de una grandeza humana, no de la grandeza del sortilegio, ni de la magia, ni del mal, ni de la palabra: hablo de una poesía que, nutrida de todas las substancias del ser, se levanta como árbol grandioso que la tempestad del tiempo no doblega y que, por el contrario, lo hace esparcir alrededor el tesoro de sus semillas insurgentes.

A mí me hizo la vida recorrer los más lejanos sitios del mundo antes de llegar al que debió ser mi punto de partida: España. Y en la vida de mi poesía, en mi pequeña historia de poeta, me tocó conocerlo casi todo antes de llegar a Quevedo.

Así también, cuando pisé España, cuando puse los pies en las piedras polvorientas de sus pueblos dispersos, cuando me cayó en la frente y en el alma la sangre de sus heridas, me di cuenta de una parte original de mi existencia, de una base roquera donde está temblando aún la cuna de la sangre.

Nuestras praderas, nuestros volcanes, nuestra frente abrumada por tanto esplendor volcánico y fluvial, pudieron hace ya tiempo construir en esta desértica fortaleza el arma de fuego capaz de horadar la noche. Hasta hoy, de los genios poéticos nacidos en nuestra tierra virginal, dos son franceses y dos son afrancesados. Hablo de los uruguayos Julio Laforgue e Isidoro Ducasse, y de Rubén Darío y Julio Herrera y Reissig. Nuestros dos primeros compatriotas, Isidoro Ducasse y Julio Laforgue, abandonan América a corta edad de ellos y de América. Dejan desamparado el vasto territorio vital que en vez de procrearlos con torbellinos de papel y con ilusiones caninas, los levanta y los llena del soplo masculino y terrible que produce en nuestro continente, con la misma sinrazón y el mismo desequilibrio, el hocico sangriento del puma, el caimán devorador y destructor y la pampa llena de trigo para que la humanidad entera no olvide, a través de nosotros, su comienzo, su origen.

América llena, a través de Laforgue y de Ducasse, las calles enrarecidas de Europa con una flora ardiente y helada, con unos fantasmas que desde entonces la poblarán para siempre. El payaso lunático de Laforgue no ha recibido la luna inmensa de las pampas en vano: su resplandor lunar es mayor que la vieja luna de todos los siglos: la luna apostrofada, virulenta y amarilla de Europa. Para sacar a la luz de la noche una luz tan lunar, se necesitaba haberla recibido en una tierra resplandeciente de astros recién creados, de planeta en formación, con estepas llenas aún de rocío salvaje. Isidoro Ducasse, conde de Lautréamont, es americano, uruguayo, chileno, colombiano, nuestro. Pariente de gauchos, de cazadores de cabezas del Caribe remoto, es un héroe sanguinario de la tenebrosa profundidad de nuestra América. Corren en su desértica literatura los caballistas machos, los colonos del Uruguay, de la Patagonia, de Colombia. Hay en él un ambiente geográfico de exploración gigantesca y una fosforescencia marítima que no la da el Sena, sino la flora torrencial del Amazonas y el abstracto nitrato, el cobre longitudinal, el oro agresivo y las corrientes activas y caóticas que tiñen la tierra y el mar de nuestro planeta americano.

Pero a lo americano no estorba lo español, porque a la tierra no estorba la piedra ni la vegetación. De la piedra española, de los aledaños gastados por las pisadas de un mundo tan nuestro como el nuestro, tan puro como nuestra pureza, tan original como nuestro origen, tenía que salir el caudaloso camino del descubrimiento y de la conquista. Pero, si España ha olvidado con elegancia inmemorial su epopeya de conquista, América olvidó y le enseñaron a olvidar su conquista de España, la conquista de su herencia cultural. Pasaron las semanas, y los años endurecieron el hielo y cerraron las puertas del camino duro que nos unía a nuestra madre.

Y yo venía de una atmósfera cargada de aroma, inundada por nuestros despiadados ríos. Hasta entonces viví sujeto por el tenebroso poder de grandes selvas: la madera nueva, recién cortada, había traspasado mi ropa: estaba acostumbrado a las riberas inmensamente pobladas de pájaros y vapor donde, en el fondo, entre las conflagraciones de agua y lodo, se oyen chapotear pequeñas embarcaciones selváticas.       Pasé por estaciones en que la madera recién llegaba de los bosques, precipitada desde las riberas de ríos rápidos y torrenciales, y en las provincias tropicales de América, junto a los plátanos amontonados y su olor decadente, vi atravesar de noche las columnas de mariposas, las divisiones de luciérnagas y el paso desamparado de los hombres.

Quevedo fue para mí la roca tumultuosamente cortada, la superficie sobresaliente y cortante sobre un fondo de color de arena, sobre un paisaje histórico que recién me comenzaba a nutrir. Los mismos oscuros dolores que quise vanamente formular, y que tal vez se hicieron en mí extensión y geografía, confusión de origen, palpitación vital para nacer, los encontré detrás de España, plateada por los siglos, en lo íntimo de la estructura de Quevedo. Fue entonces mi padre mayor y mi visitador de España. Vi a través de su espectro la grave osamenta, la muerte física, tan arraigada a España. Este gran contemplador de osarios me mostraba lo sepulcral, abriéndose paso entre la materia muerta, con un desprecio imperecedero por lo falso, hasta en la muerte. Le estorbaba el aparato de lo mortal: iba en la muerte derecho a nuestra consumación, a lo que llamó con palabras únicas "la agricultura de la muerte". Pero cuanto le rodeaba, la necrología adorativa, la pompa y el sepulturero fueron sus repugnantes enemigos. Fue sacando ropaje de los vivos, su obra fue retirar caretas de los altos enmascarados, para preparar al hombre a la muerte desnuda, donde las apariencias humanas serán más inútiles que la cáscara del fruto caído. Sólo la semilla vuelve a la tierra con el derecho de su desnudez original.

Por eso para Quevedo la metafísica es inmensamente física, lo más material de su enseñanza. Hay una sola enfermedad que mata, y ésa es la vida. Hay un solo paso, y es el camino hacia la muerte. Hay una manera sola de gasto y de mortaja, es el paso arrastrador del tiempo que nos conduce. Nos conduce adónde? Si al nacer empezamos a morir, si cada día nos acerca a un límite determinado, si la vida misma es una etapa patética de la muerte, si el mismo minuto de brotar avanza hacia el desgaste del cual la hora final es sólo la culminación de ese transcurrir, no integramos la muerte en nuestra cuotidiana existencia, no somos parte perpetua de la muerte, no somos lo más audaz, lo que ya salió de la muerte? No es lo más mortal, lo más viviente, por su mismo misterio?

Por eso, en tanta región incierta, Quevedo me dio a mí una enseñanza clara y biológica. No es el transcurriremos en vano, no es el Eclesiastés ni el Kempis, adornos de la necrología, sino la llave adelantada de las vidas. Si ya hemos muerto, si venimos de la profunda crisis, perderemos el temor a la muerte. Si el paso más grande de la muerte es el nacer, el nacer, el paso menor de la vida es el morir.

Por eso la vida se acrecienta en la doctrina quevedesca como yo lo he experimentado, porque Quevedo ha sido para mí no una lectura, sino una experiencia viva, con toda la rumorosa materia de la vida. Así tienen en él su explicación la abeja, la construcción del topo, los recónditos misterios florales. Todos han pasado la etapa oscura de la muerte, todos se van gastando hasta el final, hasta el aniquilamiento puro de la materia. Tiene su explicación el hombre y su borrasca, la lucha de su pensamiento, la errante habitación de los seres.

La borrascosa vida de Quevedo, no es un ejemplo de comprensión de la vida y sus deberes de lucha? No hay acontecimiento de su época que no lleve algo de su fuego activo.

Lo conocen todas las Embajadas y él conoce todas las miserias. Lo conocen todas las prisiones, y él conoce todo el esplendor. No hay nada que escape a su herejía en movimiento: ni los descubrimientos geográficos, ni la búsqueda de la verdad. Pero donde ataca con lanza y con linterna es en la gran altura. Quevedo es el enemigo viviente del linaje gubernamental. Quevedo es el más popular de todos los escritores de España, más popular que Cervantes, más indiscreto que Mateo Alemán. Cervantes saca de lo limitado humano toda su perspectiva grandiosa, Quevedo viene de la interrogación agorera, de descifrar los más oscuros estados, y su lenguaje popular está impregnado de su saber político y de su sabiduría doctrinaria. Lejos de mí pretender estas rivalidades en el cauce apagado de las horas. Pero cuando a través de mi viaje, recién iluminado por la oscura fosforescencia del océano, llegué a Quevedo, desembarqué en Quevedo, fui recorriendo esas costas substanciales de España hasta conocer su abstracción y su páramo, su racimo y su altura, y escoger lo determinativo que me esperaba.

Me fue dado a conocer a través de galerías subterráneas de muertos las nuevas germinaciones, lo espontáneo de la avena, lo soterrado de sus nuevas viñas, y las nuevas cristalinas campanas. Cristalinas campanas de España, que me llamaban desde ultramar, para dominar en mí lo insaciable, para descarnar los límites territoriales del espíritu, para mostrarme la base secreta y dura del conocimiento. Campanas de Quevedo levemente teñidas por funerales y carnavales de antiguo tiempo, interrogación esencial, caminos populares con vaqueros y mendigos, con príncipes absolutistas y con la verdad harapienta cerca del mercado. Campanas de España vieja y Quevedo inmortal, donde pude reunir mi escuela de sollozos, mis adioses a través de los ríos a unas cuantas páginas de piedra en donde estaba ya determinado mi pensamiento.

Los martirios de Quevedo, sus prisiones y sus duelos no inauguran, pero sí continúan la persecución a la inteligencia humana en que el hombre se ha adiestrado desde siglos y que ha culminado en nuestros últimos desgarradores años. Pero en Quevedo la cárcel aumenta el espacio material de su poesía, llevándola hasta el ámbito más inmenso, sin romper la corriente fluvial de su pensamiento. Su poder sobrenatural de resistencia lo hace levantarse sobre sus dolores, y sus mismos lamentos parecen maldiciones, y actuales maldiciones:

Dice en una de sus últimas cartas, desde la prisión:

"Si mis enemigos tienen rencor, yo tengo paciencia. El ánimo, que está fuera de la jurisdicción de cerraduras y candados, se destaca desde la tierra al cielo y va y viene descansando de jornadas inmensas".

Pero el horror de su vida a veces le desangra:

"Un año y diez meses ha que se ejecutó mi prisión a 7 de diciembre, víspera de la Concepción de Nuestra Señora, a las diez y media de la noche. Fui traído en el rigor del invierno, y sin una camisa, de sesenta y un años, a este Convento Real de San Marcos de León, donde he estado todo este tiempo en rigurosísima prisión, enfermo con tres heridas, que con los fríos y la vecindad de un río que tengo a la cabecera, se me han cancerado, y por falta de cirujano, no sin piedad me las han visto cauterizar por mis propias manos, tan pobre, que de limosna me han abrigado y entretenido la vida. El horror de mis trabajos ha espantado a todos..."

"El horror de mis trabajos..." El poeta, grande entre los grandes, pagaba así su gran poesía, su inmersión en la vida de los hombres, en la política de su tiempo. Él levantó látigos sobre la corrupción de tiranuelos, cortesanos y príncipes, y entre la abismática ciencia de su palabra metafísica, no olvida nunca sus deberes esenciales y contemporáneos. Agarra con brazo poderoso las substancias estelares de la noche y el tiempo, y con su otro brazo marca la frente altanera de la maldad. Por eso el abrazo de Quevedo con la tierra nos estremece aún, con las posibilidades de su grandiosa herencia de estrellas y espigas torrenciales.

Quienes más tarde recogieron las granadas azules de curiosidad, de magnificencia y de castigo que Quevedo abrió para los siglos, tocaron también, al conquistar su linaje, las heridas de la persecución y la muerte. El brillo de las sortijas vitales en las manos del poeta, el fulgor de los relámpagos en su cabellera hace temblar a los tiranos y decretar el padecimiento.

No vemos en un gran poeta y escritor quevedesco, en Federico García Lorca, a cuya gracia del Sur marítimo y arábigo caen las gotas mortales del alma de Quevedo, no lo vemos padecer y morir por haber recogido las semillas de la luz?

Cuando estalla la insurrección fascista, Federico vio en Granada, antes de morir, una visión terrible, quevediana, del Infierno. Su cuñado, el señor Montesinos, era alcalde de Granada. La misma mañana de la sublevación fue fusilado a tiros en su Alcaldía, fue amarrado su cadáver de los pies a la trasera de un automóvil y fue arrastrado así por las calles de Granada. Posiblemente, Federico, abrazado a su hermana y a su madre, vio desde los balcones de su casa cruzar el torbellino que arrastraba en verdad el cadáver de España.

Desde entonces no sabemos nada sino su propia muerte, el crimen por el que Granada vuelve a la Historia con un pabellón negro que se divisa desde todos los puntos del planeta.

El otro quevediano, el pensativo, el reconcentrado cantor de Castilla, ensimismado en su melancolía, en la visión del paisaje roqueño de Castilla, el grande don Antonio Machado, alcanza a abrir los ojos antes de ser exterminado, y más allá de las colinas quemadas y la extensión terrenal alcanza a ver por única vez. pero de manera profunda, los rostros ardientes y los fusiles de su pueblo. Y antes de morir se convierte en lo sagrado de esta época, en el grande y venerable árbol de la poesía española, a cuya sombra canta y combate y se desangra la libertad humana.

Pero, como Quevedo, paga con sangre su elevación hacia el pueblo. No habéis pensado alguna vez en los últimos días de Machado? Tal vez sólo en la Biblia encontramos tanto dolor acumulado y tanta serenidad augusta. Machado se une a su pueblo que abandona España derrotada y hace el terrible camino hacia los Pirineos entre los cientos de miles de civiles fugitivos, en el más grande éxodo de la historia, con frío y hambre. y ametrallados desde el aire por los "defensores de la civilización occidental". Sosteniendo a su anciana madre y a sus dos hermanos, viajando a pie o en camiones apretados hasta la asfixia por la cantidad de seres que había que recoger, llega Machado, sin quebrarse su espíritu, hasta la frontera francesa. Es siempre el primero en acallar las voces que protestan, el último en quejarse. Pero, casi apenas llegado a un pequeño pueblo, no se levantan más de la cama ni su madre ni él. Muere primero don Antonio, y en su agonía pide que no se comunique su muerte a su madre. Su madre dura pocos días más.

La mitad de España les faltaba bajo el alma. España, la antigua, la dinástica, la sangrienta, la inquisitorial, cubría con una mancha de sangre el territorio. La España refulgente desaparecía y se abría de nuevo la cárcel de Quevedo.

"Miré los muros de la patria mía... "

Pero aún quedaba un quevedesco, un gran poeta dentro de la España encadenada. Veamos ahora su vida, su martirio y su muerte.

En un fuerte verano seco de Madrid, del Madrid anterior a la guerra, me encontré por primera vez con Miguel Hernández. Lo vi de inmediato como parte dura y permanente de nuestra gran poesía. Siempre pensé que a él correspondería, alguna vez, decir junto a mis huesos algunas de sus violentas y profundas palabras.

En aquellos días secos de Madrid llegaba hasta mi casa cada día, a conversarme de sus recuerdos y de sus futuros, llegaba a mostrarme el fuego constante de su poesía que lo iba quemando por dentro hasta hacer madurar sus frutos más secretos, hasta hacerle derramar estrellas y centellas.

Había recién dejado de ser pastor de cabras de Orihuela y venía todo perfumado por el azahar, por la tierra y por el estiércol. Se le derramaba la poesía como de las ubres demasiado llenas cae a gotas la leche. Me contaba que en las largas siestas de su pastoreo ponía el oído sobre el vientre de las cabras paridas y me decía cómo podía escucharse el rumor de la leche que llegaba a las tetas, y andando conmigo por las noches de Madrid, con una agilidad increíble se subía a los árboles, pasando con rapidez de los troncos a las ramas, para silbar desde las hojas más altas, imitando para mí el canto del ruiseñor. El canto de los ruiseñores levantinos, sus torres de sonido levantadas entre la oscuridad y los azahares, eran recuerdo obsesivo, apretado a sus orejas, y eran parte del material de su sangre, de su alma de barro y de sonido, de su poesía terrenal y silvestre, en la que se juntan todos los excesos del color, del perfume y del sonido del Levante español, con la abundancia y la fragancia de una poderosa y masculina juventud.

Su rostro era el rostro de España. Cortado por la luz, arrugado como una sementera, con algo rotundo de pan y de tierra. Sus ojos quemantes eran, dentro de esa superficie quemada y endurecida al viento, como dos rayos de fuerza y de ternura.

No puede escapárseme de las raíces del corazón su recuerdo, que está agarrado con la misma firmeza con que las raíces agarran los terrones de la noble tierra del fondo. Los elementos mismos de mi poesía y de mi vida vi salir de nuevo en sus palabras, pero alterados por una nueva magnitud, por un resplandor salvaje, por el milagro de la sangre vieja transformada en un hijo. En mis años de poeta, y de poeta errante, puedo decir que la vida no me ha dado contemplar un fenómeno igual de vocación y de eléctrica sabiduría verbal.

Junto a la cristalina, firme y aérea estructura de Rafael Alberti, juzgo a estos tres poetas asesinados. Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández, como las tres columnas sobre las que descansaban la bóveda material y aérea de la poesía hispánica peninsular: Machado, la encina clásica y espaciosa que guardaba en su atmósfera y en su majestuosa severidad la continuación y la tradición de nuestro lenguaje en sus esencias más entrañables. Federico era el torrente de aguas y palomas que se levanta del lenguaje para llevar las semillas de lo desconocido a todas las fronteras humanas, Miguel Hernández, poeta de abundancia increíble, de fuerza celestial y genital, era el corazón heredero de estos dos ríos de hierro: la tradición y la revolución. Por aquellos años recientes, y tan lejanos, tenía un carácter de niño, de hijo de los campos. Recuerdo que, llevado por mi exigencia para que no volviera a Orihuela, hice mover influencias para obtenerle una colocación en Madrid. Acosado por nuestras peticiones, el vizconde de Mamblas, Jefe de Relaciones Culturales en el Ministerio de Estado, pudo decirnos que sí, que daría una colocación a Miguel Hernández, pero que éste dijera qué es lo que quería hacer. Nunca olvidaré cuando llegó a mi casa aquel día y yo alborozado le comuniqué la buena noticia. "Decídete, le dije, y dime de inmediato qué quieres pedir para que te hagan el nombramiento". Entonces, Miguel, muy azorado, me respondió: "No me podrían dar un rebaño de cabras cerca de Madrid?"

En 1939 concurrí al Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país, en Santiago de Chile. Nos llegaban a América los rumores increíbles de una revuelta militar y de la entrega de Madrid. Obtuve del Ministerio de Relaciones que ofreciera asilo en nuestra Embajada en Madrid a los intelectuales españoles. Así pudimos salvar algunas vidas.

Miguel Hernández no quiso aceptar este asilo. Creyó que podría seguir combatiendo. Entraban ya los fascistas en la capital española cuando él salía a pie hacia Alicante. Llegaba tarde. Estaba encerrado. Volvió como pudo a Madrid, desesperado y despedazado.

Ya la Embajada no quiso recibirlo. La Falange Española cuidaba las puertas para que no entrara ningún español, para que no se salvara ningún republicano en el sitio que albergó durante toda la guerra a más de 4.000 franquistas.

Miguel Hernández fue detenido y poco después condenado a muerte. Yo estaba otra vez en mi puesto en París, organizando la primera expedición de españoles a Chile. Me alcanzó a llegar su grito de angustia. En una comida del Pen Club de Francia tuve la dicha de encontrarme con la escritora María Anna Comnene. Ella escuchó la historia desgarradora de Miguel Hernández que llevaba como un nudo en el corazón. Hicimos un plan y pensamos apelar al viejo cardenal francés monseñor Baudrillart.

El cardenal Baudrillart tenía ya más de 80 años y estaba enteramente ciego. Pero le hicimos leer fragmentos de la época católica del poeta que iba a ser fusilado.

Esa lectura tuvo efectos impresionantes sobre el viejo cardenal, que escribió a Franco unas cuantas conmovedoras líneas.

Se produjo el milagro y Miguel Hernández fue puesto en libertad.

Entonces recibí su última carta. Me la escribió desde la Embajada de mi país para darme las gracias. "Me marcho a Chile, me decía. Voy a buscar a mi mujer a Orihuela". Allí lo detuvieron de nuevo y esta vez no lo soltaron. Ya no pudimos intervenir por él

Allí murió hace pocos meses, allí quedó apagado el nuevo rayo de la poesía española. Pero no cesa de derramar dulzura su radiante poesía, y su muerte no me deja secar los ojos que le conocieron.

A través de siglos se pone la luna y la muerte por tierras de España. Una pequeña fosa junto a otra se aprietan bajo la tierra y la endurecen. El tiempo ha pulido las colinas hasta dejarlas convertidas en altillos de huesos, y la luna pasea sobre las altas piedras antiguas su mirada amarilla.

Entonces se apartan puertas secretas, y donde una luz de estrella ha caído, en medio del más ínfimo rumor de la ortiga, de los cardos sacudidos, como si se quebrara un ala de torcaza, se abre el recinto de los poetas enterrados entre las infinitas tumbas de España.

Están todos en el mismo sitio, porque a través de la tierra han caído a lo más hondo, al precipicio interno de donde sale la fertilidad, a la honda sima donde rodó toda la sangre.

Quevedo es allí el inmenso búho, el que sabe las últimas noticias del desastre, el que oye las profundas campanas peninsulares, el que tocó a través de las raíces los corazones más minerales, los corazones endurecidos por el padecimiento. Siempre fue Quevedo el sabio subterráneo, el explorador de tanto laberinto que se impregnó de luz hasta darla para siempre en las tinieblas. Junto a él, al padre profundo, Machado y Federico son como hijos esenciales todavía revestidos de silencio. Miguel recién ha llegado a la hondura desde sus combates.

Están despiertos para que la palabra no muera. Abren la puerta terrestre hacia la intemperie. Nadie puede verlos por la oscura noche española, en el sitio más remoto del azahar que cantaron, lejos del ruiseñor que han adorado, fuera de los ríos y de sus márgenes que guardan aún la huella de las ninfas. Ellos sólo escuchan la tiniebla, ellos sólo avanzan sobre lo destruido, ellos miran las más escondidas lágrimas de Europa.

Ellos agitan no sólo el cardo y la ortiga que les rodean, ellos preservan no sólo la piedra que les pesa, sino un material purísimo, las alas fantasmales de lo que ha de revivir. Ellos anotan en su libro irresistible cuanto de maléfico o maldito se va cumpliendo, cómo se estiran las largas horas de la desdicha, cómo se acerca la campana que ha de romper el cielo.

Ellos viven a través del silencio y ellos continúan la vida. Aun los más crueles y desenfrenados, los que derramaron la sangre para llegar al sitio del poder, serán fantasmas, serán muertos abominables oscurecidos por el horror. Pero los poetas son de tal manera materiales, más que el aluminio y la uva, más que la propia tierra, que atraviesan los años del pavor y son para su pueblo fuente escondida de esperanza y ternura. Viven más abajo que todas las páginas, más altos que las bibliotecas, menos herméticos a través de la muerte, soltando cada vez más esenciales raíces en la profundidad, raíces que van subiendo hacia la superficie y ascendiendo a través de los hombres para mantener las luchas y la continuidad del ser.

Así, pues, materia, substancia material de España, de la eternidad de España, es Francisco de Quevedo.

Quiero que veáis, con el respeto que yo siento hacia su augusta sombra, el duelo inacabable, su combate de amor y de pasión con la vida y su resistencia hacia la seducción de la muerte. A veces la pasión lo hunde en la tierra, lo hace más poderoso que la misma muerte y a veces la muerte de todas las cosas invade su loco territorio de pasiones carnales. Sólo un poeta tan carnal pudo llegar a tal visión espectral del fin de la vida. No hay en la historia de nuestro idioma un debate lírico de tanta exasperada magnitud entre la tierra y el cielo.

Si hija de mi amor mi muerte fuese,
¡Qué parto ten dichoso que sería
El de mi amor contra la vida mía!
¡Qué gloria que el morir de amar naciese!
Llevaría yo el alma a donde fuese
El fuego en que me abraso; y guardaría
Su llama fiel con la ceniza fría.
En el mismo sepulcro en que durmiese.

Desotra parte de la muerte dura
Vivirán en mi sombra mis cuidados.

"Desotra parte de la muerte dura..."

Pero, es posible? Quién puede de verdad intentar esta terrible empresa? A quién puede la muerte conceder después de la partida toda la potencia del amor? Sólo a Quevedo. Y este soneto es la única flecha, el único taladro que hasta hoy ha horadado la muerte, tirando una espiral de fuego a las tinieblas:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra, que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera:
Mas no desotra parte en la ribera
Dexará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama la agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido:
Venas que humor a tanto fuego han dado;
Médulas que han gloriosamente ardido;
Su cuerpo dexarán, no su cuidado:
Serán ceniza, más tendrá sentido:
Polvo serán, más polvo enamorado.

"Polvo serán, mas polvo enamorado..."

Jamás el grito del hombre alcanzó más altanera insurrección: nunca en nuestro idioma alcanzó la palabra a acumular pólvora tan desbordante.

Polvo serán, mas polvo enamorado... Está en este verso el eterno retorno, la perpetua resurrección del amor.

Polvo seré, mas polvo enamorado... No son Luzbel ni Prometeo, ni los arcángeles de alas exterminadoras. Es la materia humana que, basándose en su propia composición mortal, se sobrepone por primera vez a la destrucción final del ser y de las cosas.

Éste es el Quevedo terrorífico de fuerzas naturales. Pero hay también el Quevedo de la contrición, de la amargura y de la fatiga.

Ésta es la amarga fotografía no sólo del estado de un hombre, sino del estado de una nación desventurada.

Ha muerto el fuego de los hogares, los labriegos duermen por los caminos, perseguidos por el frío y por el hambre. Las iglesias se llenan de armas, los clérigos acompañan al guerrero, los huesos de la guerra blanquean sobre la tierra parda.

Miré los muros de la patria mía,
Si un tiempo fuertes, ya desmoronados...

Pero de su debilidad sale otra vez su fortaleza de vidente y esa España desmantelada y deshecha de su tiempo, vuelve a ser el retrato de una España de ahora. La tierra se blanquea de nuevo con huesos de soldados y poetas, los muros carcelarios se pudren otra vez por el llanto del hombre.

El gran testigo sigue mirando, más allá de los muros, más allá de los tiempos. Y así es el testimonio irreductible que estas grandes presencias, estos grandes testigos dejan, como organismos, con tanto hierro y tanto fuego, que pueden resistir la trepidación y el silencio de las edades.

Poco antes de morir Federico García Lorca, me contaba que en una de sus peregrinaciones, en que el gran poeta conducía un pequeño teatro de estudiantes a través de los apartados pueblos de España, llegó a una pequeña aldea y frente a la iglesia detuvo el gran carro de "La Barraca" y comenzó a montar su escenario.

Por no haber nada que mirar en el pueblo, Federico dirigió sus pasos hacia la iglesia y entró en su nave oscurecida. Comenzaba a atardecer...

Algunas viejas tumbas junto a las paredes antiguas, mostraban aún sobre las piedras las letras cinceladas de españoles muertos de otro tiempo.

Federico se acercó a una de ellas y comenzó con dificultad a deletrear un nombre: "Aquí yacedecía la lápidadon Francisco Federico, no con emoción, sino con algo como terror, siguió leyendo ...de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, Patrono de la Villa de San Antonio Abad . . . "

No cabía duda, el más grande de los poetas, el rayo terrible, desatado, con toda su pasión y su inteligencia y su trágica concepción gloriosa de la vida y de la muerte, yacía ya olvidado para siempre, en una olvidada iglesia de un olvidado pueblo. El rebelde descansaba y el olvido y la noche de España lo cubrían. Había entrado en lo que él llamara la agricultura de la muerte. El desdén y el desprecio con que él trató a su época, se vengaban de él, dejando su nombre radiante y turbulento sepultado bajo unas pobres piedras gastadas. Fue tal su emoción, me contaba Federico, que, turbado, desorientado, confuso y entristecido, volvió hacia los muchachos de "La Barraca" y ordenó embarcar de nuevo el tinglado y continuar el camino de Castilla. Allí quedaba...

aquél quien todo un Dios prisión ha sido,
aquellas venas que humor a tanto fuego dieron,
aquellas médulas que gloriosamente ardieron...

Pero yo os lo repito, al final de este viaje al corazón de Quevedo, porque fértil es la vida, imperecedera la poesía, inevitable la justicia y porque la tierra de España no es sólo tierra sino pueblo, yo os digo a través de aquellas bocas que continúan cantando:

Su cuerpo dejarán, no su cuidado,
Serán cenizas, mas tendrá sentido,
Polvo serán, mas polvo enamorado.

 

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