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Obama tiene otros planes
Por Jose A. Montenegro, economista y conductor de Desde Wall Street y GloboEconomía, que emite CNN
en América Latina y EEUU.
El Presidente Obama, con
la forma con la que está enfrentando los problemas del sector financiero, está volviendo a poner de manifiesto lo que ya demostró
ampliamente como candidato en las elecciones: que es un excelente estratega y un hábil gestor de situaciones difíciles. Estas
semanas de atrás, mientras los conservadores le acosaban con insistencia desde buena parte de los medios de comunicación convencionales
del país, tachándole de “socialista” y de “pirómano" del sistema de libre mercado, y mientras figuras notables
de la izquierda de su partido le pedían a voces que "interviniera la banca ya", Obama y su equipo económico han hecho literalmente
oídos sordos, al tiempo que han puesto en escena un plan minucioso, inteligente, y posibilista, que intenta sacar del atolladero
los mal llamados activos tóxicos (luego les cuento por qué creo que es desafortunada esa insistente descripción), rompiendo
el mínimo posible de cacharros, pero también, y como cualquier estrategia bien construida, dejando abiertas abundantes puertas
para que si el plan A no funciona, se pueda ir al Plan B, Plan C….. y así sucesivamente.
Cuando el pasado lunes
23 de marzo el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, reveló parcialmente su esperado plan de solución para
retirar de los bancos los activos con problemas, mediante la creación de un mercado de compra de los mismos, en parte privado
y en parte público, Wall Street –pese a la intoxicación de los expertos escuchada desde un lado y otro del espectro
político e intelectual– aplaudió. El índice industrial Dow Jones subió el 6,8% en un solo día. Victoria para el team
Obama, porque en aquel momento se trataba sobre todo de que el mercado financiero viera con buenos ojos el programa.
Los críticos por la izquierda
se apresuraron a decir que el erario público estaba poniendo en manos del gran capital un billón de dólares adicionales a
todo lo ya puesto, que salen del bolsillo del contribuyente y que van dirigidos a un partnership privado-público destinado
a comprar los activos dañados, absolutamente injusto, porque prácticamente no exige riesgo de la parte privada (un 6% de todo
lo que invierte), mientras que la parte pública, si las cosas salen mal, absorberá el riesgo restante.
La crítica así, sobre el papel
y sin más datos, está absolutamente fundada. Es cierto que el plan invierte una cantidad gigantesca de dinero público, y es
cierto también que la forma en la que se pretende crear ese mercado de compra de activos dañados por parte de fondos de inversión
privados es a base de que la Administración preste inmensas cantidades de dinero a los mismos, exigiendo un compromiso mínimo.
Pero el escenario que no contemplan los críticos al plan es el positivo, es decir, en el que el mercado funciona, los bancos
se deshacen de los activos dañados a un precio razonable, los fondos privados se quedan con ellos, con el tiempo aumentan
su valor y todos tan contentos. Y conviene destacar que este escenario es precisamente el que busca la Administración.
La Crítica Conservadora. Los
Republicanos y el sector de opinión más conservador han puesto sobre todos sus peros en el tema de que los bancos tengan que
soltar los activos dañados a un precio que quizas no sea suficientemente ventajoso para ellos. Es decir, si el mercado de
activos dañados se pone en marcha, será gracias a que los fondos de inversión con los préstamos públicos estarán dispuestos
a comprarlos a un "precio razonable"; pero quizá precisamente porque el mercado se crea y empieza a funcionar, ese precio
puede no ser del gusto de los bancos y, si es así, estos podrían tener la tentacion de mantenerlos en sus libros esperando
a que suban de valor. Tampoco le falta base a este razonamiento, pero la cuestión es la misma que antes. El plan de Obama
esta diseñado para que funcione. Es cierto que para que fructifique el plan es fundamental que los bancos colaboren soltando
a un precio razonable los activos dañados, y de eso imagino que habló Obama con los presidentes de los principales quince
bancos del país el viernes 27 de marzo cuando los convocó en la Casa Blanca, sólo cuatro días después del anuncio de Geithner.
Aquí puede venir bien explicar lo que les decía al principio de que no me gusta utilizar la expresión activos tóxicos. El
término fue más o menos apropiado para visualizar inicialmente la forma en que estos activos, mezclados con otros sanos, "intoxicaban",
"enfermaban" carteras que tenían buena salud. Pero en el momento en que estamos, parece más acertado llamarlos "activos dañados"
o "enfermos", porque aunque hayan estado muy enfermos y hayan contagiado a otros, con el tiempo pueden/deben ponerse bien.
Esa capacidad de "ponerse bien", en la medida que las cosas van teniendo económicamente otro color, es más evidente, y de
ahí ese temor a que los bancos puedan no querer soltarlos a cualquier precio.
Indicios Positivos. Una señal
objetiva de que las cosas están ahora mucho mejor que hace un año, o que hace seis o tres meses, es que nadie hablaba del
problema de no querer desprenderse de los activos dañados hasta hace sólo unas semanas. Si ahora se habla de eso es porque
a todas luces la situación ha mejorado ostensiblemente, y no porque nadie haya echado una pócima mágica sobre esta economía,
sino porque se han comenzado a poner en marcha un sinfín de medidas y planes –a menudo difíciles de seguir por su cantidad
y complejidad– que todavía no han empezado, en la mayoría de los casos, a causar efecto, pero que para quienes nos hemos
tomado la molestia de seguirlos –Wall Street por supuesto lo ha hecho– es difícil pensar que no van a dar "algún
tipo" de resultado en unos meses. ¿Quiere esto decir que el plan de curación de los activos enfermos/dañados es perfecto
y funcionará con seguridad? Pues no. Pero sí quiere decir que el mercado, a estas alturas de la película, tiene suficientes
datos como para saber que Obama y su equipo económico conocen lo que tienen entre manos, es posibilista y quiere una solución
que rompa el mínimo de platos posibles. Pero eso sí, la espada de Damocles sigue ahí y, si esto no funciona, se pasará sin
el más mínimo problema ideológico a la intervención, al Plan B.
Una pieza de esas muchas puestas
en circulación últimamente y que conviene recordar ahora, es que los principales bancos del país están pasando su stress test,
algo que durará unos seis meses, y que si en ese stress test se observan problemas de cualquier banco para sobrevivir, ya
sabemos cuál es la solución. Con todo lo anterior presente, el índice de probabilidades de que los bancos suelten los activos
dañados a un precio razonable, y que algunos de los principales fondos de inversión del país los compren en excelentes condiciones
de financiación, y el tiempo los cure, es razonablemente alto.
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